
Entrevista realizada a María Ángeles Alonso Rodríguez, participante en el Seminario Neurociencia para la vida cotidiana, en el marco del curso “Neurociencia, neurotecnología y neuroderechos: La Humanidad en la encrucijada” durante la primera edición del Campus Internacional Ciudad de La Laguna.
María Ángeles Alonso Rodríguez es licenciada en Psicología por la Universidad de Salamanca con título de doctora por la Universidad de La Laguna, donde ejerce actualmente como profesora. Su labor investigadora se centra de manera esencial en el estudio de la memoria humana, con interés en las distorsiones cognitivas y los mecanismos inhibitorios implicados en la recuperación de información. A lo largo de su carrera ha participado en numerosos proyectos, congresos y publicaciones científicas, destacando por la precisión y solidez de su enfoque metodológico.
En la primera edición del Campus Internacional Ciudad de La Laguna, participó en el Seminario Neurociencia para la vida cotidiana dentro del curso ‘Neurociencia, neurotecnología y neuroderechos’ junto a diferentes expertas en el área. Su intervención abordó cómo la neurociencia se refleja en la vida diaria, considerando aspectos de la cognición, la emoción y la salud cerebral. Entre los temas tratados, destacó el impacto de los factores sociales en el funcionamiento del cerebro, así como la manera en que recordamos y los elementos que influyen en nuestros recuerdos.
A partir del eje temático del Campus en el que participó, ¿cómo cree que los nuevos avances en la neurociencia y neurotecnología están cambiando la vida de las personas?
Considero que los avances en neurociencia están cambiando nuestra forma de entender procesos cotidianos como es recordar, aprender o tomar decisiones. De hecho, durante mucho tiempo se pensó que la memoria funcionaba como una especie de grabadora que guardaba el pasado tal y como había ocurrido. Sin embargo, hoy sabemos que el sistema anémico es mucho más dinámico y cada vez que recordamos algo, en realidad lo estamos reconstruyendo. Esto significa que nuestra memoria puede cambiar con el tiempo y verse influida por lo que aprendemos o cómo interpretamos una experiencia.
Comprender esto tiene implicaciones en muchos ámbitos, yo creo desde la educación hasta la salud mental e, incluso, en la justicia. También las nuevas tecnologías nos están permitiendo estudiar el cerebro con una mayor precisión, lo que nos abre bastantes posibilidades para comprender mejor los trastornos de la memoria o desarrollar también nuevas estrategias de aprendizaje. Y, al mismo tiempo, los avances nos invitan a reflexionar sobre cuestiones sociales y éticas relevantes, como la privacidad mental, que es importante que se discutan en espacios abiertos como fue el Campus Internacional Ciudadela Laguna.
En el Seminario Neurociencia para la vida cotidiana, ¿cómo conectó su investigación sobre memoria humana con los procesos cotidianos de cognición y toma de decisiones?
Intenté mostrar que la memoria está presente en todo lo que hacemos. Cuando nos preparamos un café, decidimos qué camino tomar para ir al trabajo, elegimos un restaurante o confiamos en las personas, lo que estamos utilizando son nuestras experiencias pasadas para pensar e imaginar el futuro.
Si no tuviésemos pasado, no podríamos pensar en el futuro. También expliqué que la memoria no siempre reproduce exactamente lo que ocurrió. Un ejemplo muy común es cuando varias personas recuerdan una misma conversación o una reunión familiar, y cada una cuenta detalles distintos. Esto no significa necesariamente que alguien esté mintiendo. Simplemente que cada persona reconstruye el recuerdo desde su propia experiencia y prestando atención a aspectos diferentes. Comprender cómo funciona este proceso también nos ayuda a entender mejor por qué tomamos ciertas decisiones y cómo influyen nuestros recuerdos en las decisiones de nuestra vida. El objetivo fue transmitir que los mecanismos que yo estudio en el laboratorio están presentes en la vida diaria y acercar la investigación científica a experiencias que todos reconocemos.
Desde su perspectiva metodológica rigurosa, ¿qué precauciones científicas deberían adoptarse antes de trasladar avances neurotecnológicos al ámbito social o legal?
Es importante ser muy prudente, ya que la neurociencia está avanzando mucho, pero el cerebro y la memoria son sistemas muy complejos.
Antes de aplicar conocimientos neurocientíficos en contextos sociales o legales necesitamos evidencias sólidas y bien confirmadas. Además, debemos evitar interpretaciones demasiado simplificadas. Por ejemplo, sabemos que los recuerdos pueden modificarse con el tiempo o verse influidos por información posterior, algo muy relevante cuando se interpretan testimonios o recuerdos de eventos pasados.
Es fundamental que científicos, juristas y expertos en ética trabajen en conjunto para aplicar este conocimiento de una manera responsable.
¿Por qué es importante entender que la memoria no siempre es un reflejo exacto de la realidad?
Solemos confiar en nuestros recuerdos como si fueran reproducciones fieles de lo ocurrido y tendemos a equiparar el recuerdo con la verdad, cuando en realidad recordar implica reconstruir.
Cuando recordamos algo, lo que hacemos es reconstruir la experiencia pasada. Y ese proceso influye en nuestras emociones, nuestras expectativas y nuestras creencias.
Hay experimentos muy interesantes que muestran esto. En algunos estudios las personas ven un vídeo de un accidente de coche y después se les hace una pregunta sobre lo ocurrido. Curiosamente, cambiar solo una palabra en la pregunta, por ejemplo, decir que “los coches se golpearon” o que “los coches se estrellaron”, puede hacer que las personas estimen velocidades distintas e, incluso, que recuerden detalles de ese vídeo que nunca estuvieron presentes.
Este tipo de resultados nos recuerdan que la memoria es flexible y que puede verse muy influida por el contexto y por las expectativas que tenemos de lo que somos o de lo que podemos hacer.
¿Qué significa que la memoria tenga un “valor adaptativo” en nuestra vida diaria?
La memoria no evolucionó para registrar el pasado con su actitud fotográfica, sino para ayudarnos a adaptarnos al entorno, a tomar decisiones y, sobre todo, a sobrevivir en este mundo tan complejo; por ejemplo, recordamos especialmente bien las experiencias que tuvieron una carga emocional o que nos ayudaron a aprender algo que fue importante en nuestras vidas. Desde un punto de vista evolutivo esto tiene mucho sentido.
Recordar situaciones que fueron potencialmente peligrosas puede ayudarnos a evitarlas en el futuro, incluso las distorsiones de memoria pueden reflejar ese cadáver adaptativo. Nuestro cerebro intenta darle sentido a la información, organizarla y relacionarla con lo que ya sabemos. Eso nos permite aprender de la experiencia y anticipar situaciones futuras.
¿Cómo puede la neurociencia ayudarnos a mejorar nuestra salud cerebral en el día a día?
La neurociencia lo que nos muestra es que el cerebro es plástico a lo largo de toda la vida y responde a nuestros hábitos. Factores como un sueño de calidad, hacer ejercicio, mantener relaciones sociales y aprender cosas nuevas son algunos de los factores que ayudan a tener una buena salud cerebral. Además, sabemos que algunas estrategias de aprendizaje también funcionan mejor que otras.
Por ejemplo, muchos estudiantes estudian releyendo el texto varias veces; sin embargo, la investigación nos muestra que es mucho más eficaz intentar recordar activamente la información, hacernos preguntas o intentar explicarlo sin mirar los apuntes. Ese esfuerzo por recuperar la información es lo que fortalece la memoria.
Se trata de pequeños cambios que pueden tener un impacto muy positivo en cómo aprendemos y en cómo moldeamos nuestro cerebro.
En un contexto donde la neurotecnología avanza rápidamente, ¿qué riesgos observa en relación con la posible manipulación o alteración de la memoria?
La memoria forma parte de nuestra identidad y de nuestra historia personal. Es decir, somos quienes somos gracias a nuestra memoria y cualquier intento de modificarla plantea cuestiones éticas importantes.
Nosotros podemos imaginar, por ejemplo, la posibilidad, como aparece en muchas películas, de borrar o alterar ciertos recuerdos, que en algunos casos podría incluso tener aplicaciones terapéuticas. Pero también plantea preguntas sobre hasta qué punto es correcto intervenir en experiencias que forman parte de quienes somos. Es un riesgo intentar modificar recuerdos sin comprender plenamente las funciones adaptativas o los efectos de esas modificaciones a largo plazo para la persona.
Desde mi perspectiva es esencial recordar que la memoria no es un archivo aislado que puede editarse sin consecuencias, sino que es parte de un sistema cognitivo integrado y que da una continuidad a la persona. Por eso es importante que estos avances vayan acompañados de marcos éticos y regulatorios sólidos para garantizar que se utilicen de una manera responsable.
Después de participar en la primera edición del Campus Internacional Ciudad de La Laguna, cómo valora, en general, su experiencia.
Muy positiva y enriquecedora, tanto en lo académico como en lo humano. Considero que el Campus creó un espacio de diálogo muy interesante entre ciencia, cultura y sociedad que facilita que el conocimiento salga del ámbito especializado y se comparta con la ciudadanía, que es fundamental.
Para quienes investigamos también es una oportunidad muy valiosa para explicar nuestro trabajo de una forma accesible y para escuchar las preguntas y curiosidades del público. Este tipo de intercambios son siempre muy estimulantes porque muchas veces las preguntas del público son nuevas formas de pensar sobre la investigación.
Desde su perspectiva como investigadora, ¿por qué es importante que la ciudadanía participe en este tipo de iniciativas que combinan conocimiento, cultura y ciencia?
Porque la ciencia forma parte de la cultura y tiene implicaciones sociales que nos afectan a todos. Comprender cómo funciona la memoria nos ayuda a entender mejor cómo aprendemos, por qué olvidamos ciertas cosas o por qué recordamos una misma situación de forma diferente a otras personas.
Cuando la ciudadanía participa en este tipo de iniciativas se fomenta un pensamiento crítico y el interés por el conocimiento científico.
Además, creo que el diálogo entre ciencia y sociedad también permite que el conocimiento circule en ambas direcciones. La ciencia se hace más accesible y al mismo tiempo se enriquece con las preguntas y preocupaciones reales de la población. Es como un doble sentido.
Para terminar, si tuviera que resumir su mensaje principal al público tras esta charla, ¿qué idea le gustaría que se llevaran consigo?
Les diría que la memoria no está diseñada para ser una copia perfecta del pasado, sino una herramienta flexible que nos ayuda a aprender de nuestras experiencias y orientarnos en el futuro.
Asimismo, recordar y olvidar no son fallos del sistema, sino son procesos que trabajan juntos para que podamos adaptarnos mejor al mundo. Entender cómo funciona la memoria no solo es fascinante desde el punto de vista científico, sino que también nos permite apreciar lo compleja y adaptativa que es.