
Entrevista realizada a Mayte Carrasco, participante en la ‘Mesa de diálogo. Narrativas de la guerra’, en el marco del curso ‘Los desastres de la guerra’. Además, participó en el coloquio posterior al visionado del documental Hijas de la Tierra Santa, del cual es productora ejecutiva.
Mayte Carrasco es una multipremiada directora y productora de documentales, además de escritora y reportera de guerra especializada en conflictos armados y derechos humanos. A lo largo de su trayectoria profesional ha trabajado en algunas de las zonas más peligrosas del mundo, como Georgia, Afganistán, Malí, Siria, Irak, Israel/Palestina y diversos países de América Latina. Su experiencia sobre el terreno le ha otorgado una comprensión directa y profunda del impacto real de la guerra y de los procesos de paz.
En la primera edición del Campus Internacional Ciudad de La Laguna, participó junto a los periodistas y fotoperiodistas Luis Pérez López, Alberto Hugo Rojas y Nicolás Castellano en la mesa de diálogo ‘Narrativas de la guerra’. Durante su intervención, compartió su experiencia en primera línea de conflicto, abordando las implicaciones éticas, emocionales y políticas del reporterismo de guerra. Asimismo, dentro del programa cultural, los asistentes pudieron disfrutar de la proyección del documental Hijas de la Tierra Santa, seguida de un coloquio en el que intervinieron la propia Carrasco, como productora ejecutiva de la obra, y el director Marcel Mettelsiefen. La sesión fue moderada por el documentalista y cineasta canario David Baute.
A partir del eje temático del Campus en el que participó, ¿cuál es su perspectiva sobre la naturaleza y evolución de los conflictos bélicos en el siglo XXI?
Considero que los conflictos bélicos han evolucionado de una manera que no habíamos previsto. Estamos inmersos en una geopolítica disruptiva que pocos anticiparon, y en la que figuras como Trump se han convertido en un elemento clave que ha acelerado este cambio y cuya influencia aún desconocemos hasta dónde puede llegar. Lamentablemente, los conflictos actuales han derivado hacia guerras híbridas, en las que el frente de batalla ha dejado de ser el eje central. Hoy, lo determinante es la lucha por la información y por el control del relato.
Por eso, a líderes como Putin o a cualquier actor con intereses enfrentados a Europa o Estados Unidos, les interesa que su versión de los hechos prevalezca, que sus valores y narrativas se impongan, ya sea desde Rusia, China o Venezuela. Y ese pulso se libra principalmente a través de las redes sociales. La información se ha convertido, así, en el centro y el epicentro de los conflictos internacionales: pesa tanto cuando abunda y se distorsiona, como cuando falta y se silencia. Un ejemplo claro son los conflictos del Congo, prácticamente ausentes de la agenda mediática internacional.
Como directora y productora de documentales sobre guerra y derechos humanos, ¿qué historia le ha resultado más difícil de contar y por qué?
Sin duda, la historia de la masacre de Baba Amr. Allí asesinaron a unas cuatro mil personas que estaban atrapadas… aunque, en realidad, fueron muchas más, confinadas en apenas tres kilómetros cuadrados de un barrio de Homs. Homs era entonces uno de los principales bastiones de la resistencia contra Bashar al-Assad en Siria. Conseguimos acceder a la zona junto a mi cámara de entonces, Roberto Fraile, quien lamentablemente fue asesinado hace tres años en Burkina Faso junto con David Beriain.
Entramos por túneles, por las cloacas, recorriendo kilómetros bajo tierra para poder llegar. Una vez dentro, vimos cómo las bombas caían de forma metódica, casi automática, de seis a seis. Contábamos entre 100 y 200 bombardeos al día sobre aquel pequeño espacio. En el hospital, los camiones llegaban repletos de cadáveres. Fue una masacre terrible: niños, mujeres y familias enteras atrapadas, incapaces de escapar por los túneles mientras el barrio estaba completamente rodeado por los tanques de Bashar al-Assad, que disparaban sin piedad.
Para mí fue lo más difícil de mi carrera, no solo por la peligrosidad extrema, sino por la frustración de ver a la población civil sufrir de aquella manera. Una se pregunta cómo es posible que haya un ser humano al otro lado de ese cañón, de ese tanque, disparando contra civiles indefensos. Y no solo me marcó este episodio, sino la guerra en Siria en su conjunto, un conflicto que me interesó especialmente porque, en muchos aspectos, se parecía a la Guerra Civil española.
Después de cubrir tantos conflictos distintos, ¿qué aprendizaje humano le ha marcado más y ha cambiado su forma de ver el mundo?
Son varios. Primero, supongo que he aprendido que la vida es corta, que somos efímeros y que todo puede cambiar en un minuto. Pero, sobre todo, lo que más he aprendido es que todos formamos parte de una misma comunidad: que un ser humano no es distinto de otro, que un musulmán no se diferencia de un católico, que un niño sirio, palestino o congoleño es igual que una niña afgana, iraní, española o estadounidense. Juegan a lo mismo, sueñan con lo mismo y, al final, estamos todos profundamente conectados.
Creo que si nos ayudáramos más, como he visto hacer a tantas familias en medio de los conflictos, si existiera una verdadera voluntad de comunidad y una intención positiva de poner fin a las guerras, estas no existirían. Y he aprendido que esa voluntad nace del propio ser humano, de cada individuo, pero también de la comunidad y, por supuesto, de la voluntad política. Muchas veces, por no decir la mayoría, las guerras las provocan los políticos, no las poblaciones. Ellos toman las decisiones, muchas veces al margen de lo que la ciudadanía quiera, y ese es un error gravísimo, porque quienes mueren son los civiles, no los políticos, que casi siempre salen indemnes… y enriquecidos.
Y, en su opinión… ¿Qué responsabilidad cree que tienen hoy los periodistas de guerra en la construcción de la memoria colectiva de los conflictos?
Es absolutamente fundamental. Creo que estamos en un momento en el que debemos resistir. La resiliencia es esencial en el periodismo, y aún más en el periodismo internacional, porque vivimos un momento crucial: la memoria se olvida.
La memoria democrática e histórica es vital. Muchas naciones jóvenes desconocen lo que son las dictaduras o la autocracia, y no comprenden que los derechos fundamentales, adquiridos con tanto sufrimiento y sangre a lo largo del siglo XX y anteriores, no se pueden dar por sentados. Hay que seguir luchando por ellos, y entre ellos se encuentran la libertad de expresión y la libertad de prensa. Estas libertades permiten que exista una memoria justa, que se comparta la verdad sobre lo que ocurrió en la historia y sobre lo que está ocurriendo ahora. Defender esa verdad no es fácil, especialmente en medio del torrente de desinformación y ruido deliberado que caracteriza la guerra híbrida actual, y que busca socavar los valores que sostuvieron a Occidente durante el siglo XX.
El rol del periodismo internacional es seguir sacando a la luz los crímenes contra la humanidad. Seguir buscando la verdad, aunque sea difícil. El periodismo debe posicionarse, pero no alineándose a la izquierda o a la derecha; eso sería un gravísimo error. Debe posicionarse con la verdad, la ética y la moral, para no difundir mentiras ni favorecer a una ideología, gobierno o poder sobre otro.
Lo que necesitamos ahora es un periodismo independiente, comprometido con la gente, que aporte información y memoria. Un periodismo que recuerde, que haga visible lo importante, que ejerza autocrítica, pero que también reconozca la relevancia de su labor. Y en esto, los primeros protagonistas son los reporteros y reporteras internacionales, que llevan la verdad a todos los rincones del mundo.
¿Cómo afecta emocionalmente a los corresponsales narrar el sufrimiento ajeno de forma continua, y cómo se puede gestionar ese impacto? A nivel de cuidados.
La verdad es que uno aprende a gestionarlo relativamente bien, sobre todo comparado con cómo afrontan sus problemas las víctimas o los refugiados. Yo he estado en diez conflictos, pero siempre como espectadora. Tengo la suerte de poder regresar. Cuando uno vuelve, ya se siente tan afortunado que prácticamente no necesita terapia; basta con mirar a tu alrededor y ser consciente de lo afortunado que eres. Eso, por sí solo, ya resulta sanador.
Conozco a muchos reporteros de guerra que, después de cubrir las revoluciones árabes, sufrieron un estrés postraumático enorme. No solo por la violencia continuada que presenciamos, sino también porque fueron guerras consecutivas: primero Túnez, luego Egipto, Siria, Irak y, más tarde, la guerra contra el yihadismo en Malí.
En mi caso, durante este último conflicto, hubo un momento en el que “perdí el miedo”. Me encontré caminando en medio de una emboscada sin sentir temor, porque había pasado por situaciones mucho peores: disparaban por todos lados y ni siquiera me escondía de las balas. Entonces comprendí que el miedo es necesario y que debía recuperarlo. La gente suele decir que somos adictos a la adrenalina, pero no es eso, al final, lo que ocurre es que dejas de sentir miedo. Y ese es el verdadero problema.
Cuando te vuelves insensible, cuando todo te da igual como un mecanismo del cerebro para protegerse del dolor, disociación, ese es el momento en el que un periodista o una periodista de guerra debe detenerse.
A veces uno se siente muy frustrado, preguntándose si todo el esfuerzo realmente vale la pena. Pero hay que seguir adelante, porque cada granito de arena suma y, juntos, hacen toda la playa. Con ese pequeño aporte, contribuimos a que el mundo cambie, aunque existan fuerzas que quieran impedirlo. Lo importante es aprender a soltar y dejar atrás esa frustración.
En cuanto al visionado durante el Campus del documental ‘Hijas de la Tierra Santa’, de la que usted es productora ejecutiva, le hago la pregunta ¿qué retos éticos surgieron al grabar la vida cotidiana de personas que viven en un contexto constante de violencia y miedo?
Principalmente fueron de producción, porque era bastante peligroso grabar en el campamento de Jenin. Todo lo relacionado con la grabación dentro de la parte palestina, fue lo más complicado. Hijas de la Tierra Santa es un documental particularmente duro, y uno de los mayores desafíos fue ganarse la confianza de las personas que se grababan, una labor que requiere tiempo, paciencia y respeto, para poder registrar sus vidas de forma natural, entrando en sus casas y poder contar su historia desde su propia voz.
El mayor reto fue asegurarse de que, al final, la posición y las vivencias de las protagonistas quedaran reflejadas fielmente en la edición, y que los participantes se sintieran cómodos con lo que finalmente se mostraba
Tras ver el documental, ¿qué cree que puede aportar el cine documental a la comprensión de conflictos bélicos, en este caso uno tan completo como el de Palestina e Israel?
Si buscamos realidad y verdad, y queremos acercarnos de manera sincera a lo que está ocurriendo en el mundo, creo que el documental es hoy el formato que mejor cumple esa intención. Por eso considero valiosísimo que la gente se interese por ellos, que acuda a los cines o busque estas obras en plataformas. Es importante que las nuevas generaciones, sobre todo, vean documentales sobre biografías de líderes o sobre historia, como los de la Segunda Guerra Mundial y el nazismo, para entender lo que está ocurriendo hoy. Solo mirando al pasado podemos comprender la historia.
El pasado nos orienta en medio del caos actual, porque el futuro es incierto. Por ejemplo, nuestra serie Afganistán: Wounded Land, La Tierra Herida, con cuatro episodios de 52 minutos, permite explicar la historia de Afganistán y comprender el país que vemos hoy. Me siento muy orgullosa de poder, a través de esa serie, ayudar a la gente a entender lo que pasó para comprender la realidad actual.
Sin duda, el cine documental ofrece una forma directa e íntima de conocer las historias. Para los documentalistas, es una manera de acercar la realidad de otro modo. Y creo que seguirá siendo así en el futuro, porque conserva esa sensación de realidad, es decir, lo más cercano que podemos ver hoy sobre los conflictos y la vida de las personas que los viven.
Después de participar en la primera edición del Campus Internacional Ciudad de La Laguna, cómo valora, en general, su experiencia.
La verdad es que fue una experiencia maravillosa. Creo que en muy pocos lugares me he sentido tan a gusto. Además, vivimos un llenazo en el cine, y siempre es un placer ver que la gente acude a disfrutar de tu trabajo, sobre todo en verano. Le agradezco de corazón a los espectadores por interesarse por un tema tan complejo, triste y doloroso como lo que ocurre en Israel y Palestina. Por ser parte de esa conciencia que debemos mantener hoy, de resistencia por nuestros valores, que incluyen comprender al otro y tener empatía.
También quiero agradecer a los organizadores del Campus, porque nos hicieron sentir muy bienvenidos. Todo fue muy agradable y muy bien organizado. Fue muy enriquecedor poder compartir nuestro conocimiento y también intercambiar ideas con todos los participantes.
Y para concluir, ¿cuál es su perspectiva sobre la evolución a corto y largo plazo de los conflictos en el siglo XXI?
Todo el mundo pregunta si habrá un conflicto pronto. Yo creo que ya estamos en medio de un conflicto mundial, aunque sea un conflicto híbrido, en gran parte invisible a simple vista.
Se trata de lo que se llama guerras de cuarta generación: conflictos que están parcialmente ocultos, principalmente a ojos de las agencias de inteligencia, y que forman parte de un nuevo orden mundial. Detrás de este escenario hay dos factores muy claros: el cambio climático y la crisis de refugiados y alimentaria que se avecina. La transición energética, en este contexto, genera una lucha peligrosa por los recursos del planeta, y eso marcará los conflictos del futuro.
Estamos viendo un regreso a los Estados-Nación y una cierta militarización de la energía, así como la nacionalización progresiva de empresas estratégicas. Vivimos momentos que podrían considerarse prebélicos, en los que todo se reorganiza alrededor de la competencia por recursos.
Como digo, la transición energética está removiendo las relaciones internacionales. China, por ejemplo, aspira a ser líder global en 2050 y está avanzando rápidamente, controlando muchos de los recursos que serán esenciales para tecnologías futuras, como los coches eléctricos.
Sin duda, los líderes del futuro serán aquellos que tengan los recursos energéticos. Y eso es un paso ya que ha dado y que nos lleva por delante a los europeos y a los estadounidenses hasta que no se demuestre lo contrario.