Entrevista

Los progresos en nanotecnología y neurociencia tienen el potencial de cambiar no solo nuestra sociedad, sino también nuestra personalidad

Entrevista realizada a Raquel Marín Cruzado, ponente del curso “Neurociencia, neurotecnología y neuroderechos: la humanidad en la encrucijada”

Raquel Marín Cruzado es catedrática de Fisiología en la Universidad de La Laguna y una destacada neurocientífica especializada en el estudio del cerebro y el envejecimiento. En sus investigaciones, se ha centrado en entender los mecanismos que intervienen en el deterioro cognitivo y en la prevención de enfermedades neurodegenerativas mediante la alimentación y el estilo de vida.

Su enfoque dinámico, le ha llevado a ser también una reconocida divulgadora científica, colaboradora habitual en diferentes medios de comunicación y autora de diferentes libros sobre salud cerebral y envejecimiento.

En su participación en la primera edición del Campus Internacional Ciudad de La Laguna, dentro del ‘Seminario Neurociencia para la vida cotidiana’, compartió conversación con otras destacadas profesoras universitarias de esta área de conocimiento, como Raquel Martín, María Ángeles Alosno y Naira Delgado, que abordaron cuestiones relacionadas con la cognición, la emoción y la salud cerebral. Entre otros, se preguntaron, cómo influye la alimentación en el funcionamiento del cerebro o cómo mejorar nuestra salud cerebral día a día.

 

A partir del eje temático del Campus en el que participó, ¿cómo cree que los nuevos avances en la neurociencia y neurotecnología están cambiando la vida de las personas?

Estos avances pueden transformar por completo nuestro modelo social y personal en todos los niveles. El cerebro es el gestor de lo que somos y de lo que sentimos, y el hecho de poder conocerlo con mayor profundidad podría modificar la manera en que pensamos, sentimos y percibimos la realidad. Los progresos en nanotecnología y neurociencia tienen el potencial de cambiar no solo nuestra sociedad, sino también nuestra personalidad y nuestra forma de relacionarnos. Incluso, considero que podrían llegar a transformar a la especie humana tal y como la conocemos hoy.

Evidentemente, todo lo que se está desarrollando debe pasar por una revisión rigurosa en comités de ética, tanto a nivel nacional como internacional. Pero no cabe duda de que estos cambios se encuentran cada vez más cerca.

En el seminario se habló de cómo la neurociencia puede aplicarse a la vida cotidiana. Desde su experiencia, ¿cuál diría que es la forma más sencilla en que cualquiera de nosotros puede cuidar su cerebro cada día?

La forma más sencilla es recordar de dónde venimos. Somos una especie que, durante la mayor parte de su historia evolutiva, fue nómada, caminaba largas distancias y pasaba gran parte del tiempo al aire libre y en contacto con la naturaleza. Además, las relaciones sociales ocupaban un papel fundamental: vivíamos en grupos donde existían roles e intercambios constantes entre las personas a través de la comunicación. Esto es esencial, porque el lenguaje, tanto oral como corporal, no solo servía para relacionarnos, sino también para compartir emociones y fortalecer los vínculos.

Esta base se complementa con algo clave: la alimentación, que constituye la principal fuente de energía metabólica para el cerebro, un órgano altamente demandante y muy selectivo, un verdadero ‘gourmet’, ya que no utiliza cualquier tipo de combustible. Se trata, por tanto, de darle al cerebro lo que necesita y, al mismo tiempo, evitar aquello que puede dañarlo. Una vez que el cerebro enferma, es muy difícil recuperarlo. En cambio, gran parte de su buena salud depende de nosotros y de lo que hacemos cada día con él.

¿Qué papel juegan las emociones y los vínculos sociales en la protección del cerebro frente al envejecimiento?

Lamentablemente, existen tristes estudios que demuestran que la soledad provoca un acortamiento de la vida y una aceleración de los procesos degenerativos. El ser humano que vive en soledad tiene un mayor riesgo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas, especialmente aquellas asociadas al envejecimiento, como el alzheimer o el parkinson.

Además, la falta de vínculos sociales vuelve al individuo más vulnerable a los cambios en el estado de ánimo y en las emociones. Por tanto, el aislamiento, cuando no es voluntario (porque todos necesitamos momentos de soledad de vez en cuando), nos acorta la esperanza de vida y la salud cerebral.

En una sociedad que envejece, ¿cómo la sociedad puede prepararse para afrontar los desafíos del deterioro cognitivo?

Sin duda, a través de la prevención. Es esencial porque, como suelo decir, el cerebro se cura muy mal. ¿Y cómo podemos practicarla?

En primer lugar, estando bien informados. Es importante contar con fuentes fiables que nos ofrezcan información sencilla, coherente, optimista y positiva, no desde la idea de que somos vulnerables o frágiles. Esto ayuda mucho a reducir la angustia y la ansiedad. En segundo lugar, recomiendo no obsesionarse con la salud mental, sino equilibrarla con momentos de ocio, compañía, introspección y movimiento físico. También resulta fundamental cuidar lo que le damos de comer al cerebro y ser indulgentes con cómo nos sentimos, practicando, por ejemplo, la relajación mental.

Debemos entender que el envejecimiento es un proceso natural, pero una gran parte de cómo envejece nuestro cerebro está en nuestras manos, y ese cuidado debe comenzar desde etapas tempranas, desde los 30 o 40 años.

Y… Con el auge de la tecnología y la inteligencia artificial, ¿cómo ve el futuro de la neurociencia en los próximos años?

Yo creo que es un combinado fantástico aunque, evidentemente, hay diferencias entre quién, cómo y de qué manera usar la inteligencia artificial. Como ocurre con todo, si una persona ya está formada y entrenada en determinadas herramientas, estas pueden potenciar mis capacidades e incluso incrementarlas.

Por ejemplo, si ya sé conducir, orientarme en el espacio y tengo la posibilidad de usar un coche, eso me permitirá recorrer largas distancias y descubrir cosas nuevas. Sin embargo, si nunca he caminado y de pronto me subo a un coche, lo más probable es que atropelle mis propias capacidades físicas y personales.

A partir de lo que ya tenemos y entrenamos, la inteligencia artificial puede ser un gran complemento para potenciar nuestras habilidades. Pero hay que tener en cuenta que también existen sesgos y condicionantes que debemos contrastar con nuestro propio criterio, pensamiento crítico y desarrollo intelectual.

En cambio, si desde pequeños dependemos únicamente de la inteligencia artificial, sin haber entrenado previamente nuestro cerebro, habrá áreas cognitivas que no se entrenen adecuadamente.

¿Hay algún mito sobre el cerebro o la memoria que le gustaría desmentir, especialmente en relación con la edad o la alimentación?

Un primer mito es la creencia de que las neuronas no se regeneran. En realidad, el cerebro es un órgano cambiante y plástico. Muchas de sus conexiones se refuerzan, se modifican e, incluso, se generan nuevas neuronas en determinadas áreas cerebrales.

Otro mito muy extendido, que suele surgir en las charlas que imparto, es la idea de que solo utilizamos un 5 o un 10 % del cerebro. No es así: usamos todo el cerebro, aunque no todas sus áreas estén activas al mismo tiempo.

Lo que sí podemos hacer es potenciar su funcionamiento, del mismo modo que cuando vamos al gimnasio no creamos músculos nuevos, sino que entrenamos y fortalecemos los que ya tenemos. Con el cerebro ocurre algo parecido: cuanto más lo usamos y lo estimulamos, mejor funciona.

Después de participar en la primera edición del Campus Internacional Ciudad de La Laguna, cómo valora, en general, su experiencia.

Me parece que acercar el conocimiento del cerebro a las personas, acercar el cerebro -por así decirlo- a cada cráneo, es algo necesario, magnífico y muy gratificante. Permite que cada uno valore mejor lo que lleva dentro, lo que es, y que se sienta más consciente de su propia importancia como ser humano.

Por otra parte, este tipo de iniciativas también aportan un nuevo sello a la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, un enfoque cultural y científico que resulta muy interesante. Incluir algo tan fascinante como el cerebro, ese órgano maravilloso que hoy en día ocupa tantas portadas y debates casi a diario.

Desde su perspectiva como investigadora, ¿por qué es importante que la ciudadanía participe en este tipo de iniciativas que combinan conocimiento, cultura y ciencia?

Básicamente porque todo se construye entre todos. Precisamente somos seres sociales, y aunque yo sea neurocientífica, aprendo constantemente de cada persona, de cada experiencia, de su manera de percibir y sentir. Cada uno interpreta el mundo desde su propio contexto, y eso nos puede llevar a utilizar sesgos.

Por eso, la interacción con diferentes ámbitos y perspectivas nos enriquece, no solo desde el punto de vista intelectual, sino también personal y emocional. Nos ayuda a modificar la forma en que nos vemos a nosotros mismos y la manera en que vemos a los demás. En definitiva, es una forma de acercamiento social y también de autoconocimiento.

Para terminar, si tuviera que resumir su mensaje principal al público tras esta charla, ¿qué idea le gustaría que se llevaran consigo?

“Cuida de tu cerebro ahora para que cuide de ti después”. Lo que hacemos con nosotros mismos, nuestra mente y nuestras emociones es lo que va a generar nuestra experiencia de vida y cómo nos desarrollemos en el futuro como personas.

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